Columnista-Padre | Revista Murano

José Luis Ysern
Psicólogo.

Secando lágrimas.

Lloran los hombres, lloran las mujeres, lloran los ancianos y lloran los niños. Todos alguna vez en la vida tenemos razones para llorar y está muy bien que lo hagamos. Está muy bien cuando tenemos razones para ello; de lo contrario, llorar sin razones, está muy mal. Eso lo hacen los manipuladores y cínicos, que derraman lágrimas de cocodrilo.

Me quiero fijar ahora en las lágrimas de los pobres, en los pobres de distintas clases. Hay pobres por su clase económica de pertenencia: pobres porque no tienen dinero, porque les falta lo más elemental para vivir con dignidad. Muchos de ellos no tienen más remedio que emigrar de un país a otro en busca de mejores oportunidades. A causa de su pobreza carecen de una elemental alimentación de subsistencia, no disponen de medios de salud, muchos niños crecen sin escolaridad porque no pueden asistir a instituciones de educación básica y elemental. A estas familias su misma pobreza las lleva a derramar lágrimas de impotencia. Buenos hombres y buenas mujeres, que pertenecen a ONGs como Manos Unidas y otras parecidas, como tantos otros que lo hacen por iniciativa propia y personal, tratan de secar estas lágrimas procurando acciones que vayan más allá del simple asistencialismo.

Hay otra clase de pobres sumamente pobres, y que dan más pena que los anteriores: son pobres muy pobres porque sólo tienen dinero. Son personas muy ricas, con mucho dinero, pero de una pobreza de sentimientos tan atroz que los convierte en las personas más frías del mundo, con un corazón gélido como el hielo. Son personas avaras, mezquinas, tacañas, miserables, agarradas, apretadas de mano, mente y corazón. Sus lágrimas son de insatisfacción, soledad y decepción. La vida de las personas con mucho dinero y pobre corazón carece de sentido; eso las lleva a la desesperación y amargura. Suelen ser personas amargadas que destilan lágrimas amargas. También tenemos que acudir a secar sus lágrimas. Para ello tendremos que convencerlas de que han de cambiar de actitud. Las lágrimas de estos pobres porque solo tienen dinero pero les falta corazón, solo se pueden secar cuando los convencemos de que deben ser personas desprendidas y generosas. Cuando empiecen a abrir su corazón y su billetera se darán cuenta de algo muy cierto que confirma la experiencia de todos los días: hay más felicidad en dar que en recibir.

Finalmente todos somos pobres cada vez que sufrimos alguna pérdida importante en nuestras vidas. Son los duelos que experimentamos por la muerte del ser querido, duelos por una amistad que se terminó o por una relación de pareja que ya no da más de sí y que ha habido que cortar. Duelen mucho esos duelos ocasionados por rupturas afectivas que nunca habíamos imaginado; nos sentíamos tan seguros el uno junto al otro; todo parecía ir sobre ruedas, nos amábamos tanto, parecíamos el uno para el otro, pero de pronto todo terminó. Esas son pérdidas muy graves, muy dolorosas, que nos desorientan y dejan sin brújula ni norte. En ese momento todos necesitamos el hombro amigo sobre el cual llorar sin temor, el abrazo tierno que nos arropa y permite la libre expresión del dolor. Hace bien llorar sobre ese hombro amigo y hace bien recibir la caricia procedente de esa persona amiga.

Nos vienen bien algunos versos del “Himno cotidiano” de nuestra Gabriela Mistral, gran secadora de lágrimas:

Dichoso yo si, al fin del día,

un odio menos llevo en mí;

si una luz más mis pasos guía

y si un error más yo extinguí.

 

Y si por la rudeza mía

nadie sus lágrimas vertió,

y si alguien tuvo la alegría

que mi ternura le ofreció.

Hay pobres por su clase económica de pertenencia: pobres porque no tienen dinero, porque les falta lo más elemental para vivir con dignidad. Mucho de ellos no tienen más remedio que emigrar de un país a otro en busca de mejores oportunidades.

Hay otra clase de pobres sumamente pobres, y que dan más pena que los anteriores: son pobres muy pobres porque sólo tienen dinero. Son personas muy ricas, con mucho dinero, pero de una pobreza de sentimientos tan atroz que los convierte en las personas más frías del mundo, con un corazón gélido como el hielo.